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A las doce, en la Plaza Nueva

A las seis de la tarde, todos los días, mis compañeros de El Correo de Andalucía salían a la calle y simplemente aplaudían. Algunos corrían por las escaleras hablando por el móvil, apuntando el último dato que aportaba la fuente. Defendían sus derechos y los de sus lectores a través del aplauso, se reafirmaban y volvían a subir las escaleras para seguir haciendo el mejor periódico posible. Eso fue hace tres años, cuando la empresa editora empezó un proceso de reducción de plantilla que era solo el prólogo de lo que ha terminado siendo una despiadada y sórdida operación para deshacerse de la cabecera.

Lo ha hecho de la peor manera posible (pinchen aquí para conocer los oscuros pormenores) y sobran las razones para la huelga unánime convocada por los pocos periodistas que quedan   de aquellos que aplaudían a las seis. Con toda probabilidad, la huelga conducirá a lo peor que puede pasarle a un periódico: no salir a la calle. Triste paradoja: quienes con más fuerza y con más dignidad han defendido El Correo de Andalucía en sus más de cien años de historia se ven obligados a dejarlo fuera del quiosco para intentar salvarlo.

Porque El Correo de Andalucía, según las cuentas que han salido a la luz en estos días, no está más enfermo que otros convalecientes de su sector. Sus males, eso sí, siempre se han visto agravados por el manoseo, el abuso y el maltrato al que le han sometido las empresas que sucesivamente se han hecho cargo de él sin creer realmente en él, empresarios que serían incapaces de defender una información publicada en sus páginas ni el trabajo de un buen fotógrafo porque, sencillamente, la actividad del periódico les era ajena. Nunca les dolió, por mucho que en alguna etapa la titularidad haya correspondido a compañías del sector y por mucho que pareciera lo contrario cuando el último propietario invirtió en el relanzamiento del proyecto. Nunca lo han sentido como suyo.

En realidad, nunca les ha pertenecido. Si esta cabecera sigue siendo honorable es única y exclusivamente por los periodistas que la han sostenido a pulso con su trabajo, con el peso de sus firmas y su prurito profesional. En medio de una diabólica espiral de la empresa hacia el abismo, solos, sin una estructura sólida donde apoyarse y con el viento de la crisis soplando en contra, han mantenido vivo al rotativo centenario, han seguido haciendo periodismo, han preguntado y repreguntado mucho más de lo que querían dejarles, han abierto  debates y han contado muchas de esas cosas que los ciudadanos quieren saber y que no podrían conocer sin que ellos estuvieran tecleando. Y en algunos casos hasta le han echado pluma al asunto. Recreándose y todo, disfrutando, aunque ese mes la nómina no estuviese asegurada. Hay grandes páginas de estos tres años horribles que se han escrito sobre un planillo recortado, sin el abrigo de la publicidad y desde una redacción ocupada por las ausencias.

Somos muchos los que en estos días hemos tenido accesos de nostalgia y en pleno desconcierto por lo que pueda pasar en adelante hemos conjugado en pasado las glorias de El Correo de Andalucía. Hemos rebuscado en nuestros archivos sentimentales para reivindicarnos como parte de la historia de un periódico que es historia de Sevilla y de su provincia, que en plena revolución global se ha preocupado de la Sierra Sur y de Pino Montano, por el cambio de recorrido de una cofradía y por la letra pequeña de las reformas de las grandes leyes. Por la política de barrio y por la de los grandes partidos. Por los éxitos y los fracasos colectivos de Sevilla. Por el esplendor de la Expo y la miseria del Vacie. Un medio de comunicación que, con todas sus debilidades, ha hecho a sus lectores más ciudadanos simplemente por darles la oportunidad de elegirlo para informarse.

Decía que, un tanto abrumados ante la trascendencia de los 115 años de vida que vemos peligrar, hemos sacado las fotos en blanco y negro para recuperar la imagen de los referentes del periódico, ésos de los que Antonio Burgos decía ayer en tuiter que han hecho literatura desde las páginas del decano, y hemos vuelto a reír a carcajadas con las mejores anécdotas de las últimas décadas, intentando quizá recuperar y retener para siempre la esencia de una historia que parece evaporarse. Pero para capturarla, hoy lo sé, solo hay que mirar a los ojos a los compañeros que han seguido escribiéndola en este tiempo, preservando con dedicación y orgullo su identidad y el legado periodístico y emocional de más de un siglo. Por eso el espíritu de Pepe Guzmán sobrevuela la redacción a pesar de las mesas vacías, los ordenadores apagados y los restos del naufragio en la Isla de la Cartuja. Por eso es imposible ponerle precio a El Correo de Andalucía, por mucho que hayan intentado convertirlo en moneda de cambio o venderlo solo por una.

Unos nos fuimos y a otros los echaron. Por el sacrificio de los que quedan y por haber llevado con tanta dignidad el peso de los años, de los buenos y de los malos, la plantilla de El Correo de Andalucía merece que le devolvamos todos esos aplausos de las seis de la tarde y que, si nos es posible, aplaudamos con ellos el lunes a las doce en la Plaza Nueva para intentar frenar el desastre definitivo. Convocados estamos.

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