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Sin nombre

Era el reloj de todas mis mañanas. Mi camino era de ida y el suyo de vuelta. El mío hacia la jornada laboral y el suyo desde una guardería cercana se cruzaban a diario bajo la lluvia, el viento o el sol temprano. El punto en el que me lo encontraba me indicaba lo mucho o lo poco que me iba a retrasar ese día porque él no fallaba nunca. Cumplía con profesionalidad sus horarios de abuelo, al menos eso era lo que yo me figuraba cuando me daba los buenos días, liberado de la responsabilidad mañanera de los nietos, convertido en un paseante de cabellera blanca y ademanes de caballero de fina estampa; con ese punto justo de coquetería al descubierto cuando aligeraba el paso para ocultar el cansancio de todos sus años. No sé cuál era su nombre. Solo sé que, desde que adivinaba mi silueta a lo lejos, me buscaba con la mirada para desearme buena jornada y reprocharme burlón, cuando tocaba, que ese día iba tarde.

Miraba como el Juan Pareja de Velázquez,  ése que siglos después sigue cautivando, inmortal, desde una de las paredes del Metropolitan. Él apenas sobrevivía. Tenía el mismo pelo negro enmadejado, la misma profundidad e intensidad que el personaje del cuadro, pero él se movía nervioso entre las mesas de aquel Starbuck de la esquina. El pelo negro y la mirada negra enmarcada por una toalla blanca (sucia pero todavía blanca) que usaba a modo de bufanda. El otoño ya estaba bien entrado en Nueva York y esa blusa deshilachada y mal abrochada no debía de abrigarle demasiado. A la hora en yo me surtía del primer café del día ya llevaba un buen rato encadenando unos cuantos, como una liturgia repetida durante toda la jornada. No sé si leía el periódico, pero no lo soltaba. Levantaba la vista, me clavaba sus dos dagas azabache, sorbía por pura inercia del vaso largo de cartón, pasaba otra página con la torpeza que pasan las páginas unos dedos demasiado grandes y demasiado gordos coronados por unas uñas tan negras como su mirada, más sucias que la toalla que le rodeaba la nuca a modo de bufanda. Volvía a sorber y volvía a mirarme y volvía a mirar y a hacer como que leía… Por las noches, a la hora de mi regreso del mundo, de los teatros, de las avenidas, de los neones y de los museos, seguía ahí, detrás del ventanal, iluminado por la lamparita amarilla de la esquina, acomodado en el sillón orejero mirando, mirándome, mientras los camareros ultimaban su faena ajenos, por pura costumbre ya, a su inevitable presencia. Siempre he pensado que Juan Pareja se reencarnó en él, pero no sé cuál era su nombre.

Ahora ya sé que son nigerianos después de mucho tiempo suponiendo que vinieron de Senegal. Primero, años antes, llegó el más bajito y luego su amigo, que es más corpulento y ya empieza a dominar el castellano. Seguro que hay sonrisas blancas en el mundo, pero dudo de que lo puedan ser más que las suyas, que son las primeras de la calle cuando empieza el día y la gente va con sueños y con prisas. Son los ángeles de la guarda del coche que dejo en la calle desde el día que lo saqué del concesionario. Del mío y del de todo el vecindario que se atreve a la segunda fila con desahogo porque están ellos para darle forma al caos. Tienen medidos los espacios y saben dónde hay que empujar para que salgan unos y entren otros sin consecuencias. Conocen nuestras rutinas, los porqués de cada coche aparcado en nuestra pequeña manzana y hasta el número de nuestras casas. A menudo los veo correr cuando viene la Policía. No huyen de la autoridad: corren al telefonillo del infractor de turno para avisarle de que su coche puede ser multado en breves instantes. Una vez estuve muchos meses sin verles y el día de nuestro reencuentro estuve a punto de preguntarles sus nombres. Pero no me dieron margen porque andaban enfadados conmigo por no haberles avisado de que el coche iba a estar tanto tiempo desatendido: “Inma, no te puedes ir tanto tiempo sin avisar”. Todavía no sé cómo se llaman.

Se dio cuenta de que nos había estafado al oír nuestra conversación con la cajera del supermercado. Ella era una cubana con suerte que acababa de pagar con dólares su compra en aquella tienda surtida de todo a la que la gran mayoría de los cubanos no tenían acceso. Rápidamente activó el plan de rescate de nuestro ánimo y nos montó en su coche y nos llevó al hotel y nos contó que en La Habana no todos eran como ésos que nos habían robado pero que teníamos que tener cuidado y que disfrutásemos de la isla pero que no anduviésemos con malas compañías y que tenía que volver a casa pero que apuntásemos su teléfono y que viajásemos por nuestra cuenta pero que no nos fiásemos de nadie pero que ella nos iba a ayudar siempre que la necesitáramos. Apreté el papel en la mano pringosa por el sudor y los restos de azúcar del último mojito y le dije adiós aturdida por la ayuda y por el afecto generoso de quien no te conoce de nada y de quién no sabes su nombre. Nunca lo supe.

«Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea».
Gustavo Adolfo Bécquer

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