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Tu Estambul

En Estambul tuviste la sensación de estrenarte en cosas que te habían pasado muchas veces.

Descrubriste Estambul a la vez que cientos de miles de turistas, en un agosto pegajoso y cuando ya te la habían descubierto casi todos. Desde Napoleón a Antonio Gala y Ohram Pamuk, Isabel, Erika, May, Don Carlos, Marta o Cinta. Contribuyeron muchos a que fueses construyendo ese Estambul imaginario al que hasta entonces le faltaban los olores, sabores, texturas y sensaciones de aquel agosto, ésos que recuperas por segundos en estos días cuando lees las crónicas sobre las protestas ciudadanas y la violencia en la calle.

Tu Estambul, el de agosto de 2010, era la Capital Europea de la Cultura y la luna quiso que coincidiese con la celebración del Ramadán. Por eso había muchos hombres que pasaban los rigores del hambre y el calor dormidos a la sombra en las puertas de las mezquitas y en el césped de los parques. Soportaban pacientes la espera de una puesta de sol que era el preludio del estallido de la plenitud: la música en la calle, el festival de jazz, los bailes tradicionales, la comida con varias generaciones de la familia alrededor de la nevera en las plazas y, siempre, de fondo, la sorpresa sobrecogedora de la llamada al rezo desde todos los minaretes. El eco del Islam mayoritario en un país laico, en el que hay judíos y ortodoxos; un Estado cimentado desde la libertad religiosa y al que admiraste por cómo estaba escribiendo su historia contemporánea con el alfabeto latino.

Descubriste con tus propios ojos la gama de dorados y azules de los mosaicos de San Salvador de Chora y de Santa Sofía, y el Cristo Pantocrátor de tus apuntes de Historia del Arte de COU. Los azulejos del harem de los sultanes y las cúpulas de las mezquitas definiendo el perfil de una ciudad levantada sobre colinas milenarias que conservaba las huellas de todos los siglos que se superponían en ella y que encaraba el futuro mirando a Europa y a Asia con ambición.

El Estambul de tu retina no expresaba contrastes sino fusión. Eran turcas las jóvenes que agarraban la pancarta aquel día en Istiklal, también el rosario de adolescentes con pañuelos en la cabeza que paseaban de la mano aquella noche en Sultanahmed y esas otras que vestían pantalón corto y que habían quedado en esa terraza de moda con otros chicos de su edad. ¿Recuerdas a aquella pareja que se besuqueaba en la orilla del Bósforo? Ella iba ataviada en el niqab, que para ti era lo mismo que un burka, y por más que la mirabas sólo podías ver sus ojos negros; como los de las tres hermanas a las que el primogénito de la familia les compró en aquel puesto un pantalón a la última moda. Una de ellas, enlutada detrás del velo y de la túnica negra, complementaba el atuendo con zapatos de tacón, un bolso de color y una cámara fotográfica profesional. Volviste con muchas preguntas a las que empezar a buscar respuesta.

Tu Estambul olía a cordero chamuscándose en plena calle, pero también a pescado con cebolla y limón. Te supo a vinagre, pepinillos, col y guindilla, pero también dulce como la miel y el hojaldre. Para ti fue la ciudad de la fruta fresca y de los frutos secos; de las sandías y las uvas, pero también de las nueces y los pistachos.

Tienes que reconocer que en el vuelo de regreso seguías sin poder decantarte. ¿Como elegir entre el bullicio loco del bazar a la caída de la tarde o la soledad sonora del interior de la mezquita? Sábanas, joyas, encajes, lámparas, menaje, antenas parabólicas, guitarras, especias, sombreros… Todo estaba en venta en los comercios de esas calles que conservaban la tradición gremial y en las que te gustaba perderte para no encontrar nada en concreto. Sin saber tampoco qué buscabas, huiste en ferry al lado asiático un día en el que los cruceros escupían a cientos de turistas acalorados y te ocultaste descalza en un rincón de aquella mezquita, sin mostrar ni un centímetro de piel. “Somos intrusas”, te susurró tu acompañante mientras aquel hombre con mono de trabajo secaba sus manos en el pantalón y se acercaba a la hilera de otros hombres –ellas, muchas menos en número, estaban escondidas en un habitáculo más pequeño, junto con sus hijos- que enfocaban su rezo hacia el lugar en el que dicen que está la Meca. El rito, la armonía de los cuerpos, la musicalidad del Corán y la brisa que se colaba por los toldos de piel que cubrían las puertas te hicieron encontrar una razón por la que había merecido la pena perderse en aquel lugar por primera vez.

Casi los estás viendo ahora pasar delante de tu teclado mientras lees que en nombre del «Islam moderado» se han consentido demasiadas cosas al Gobierno de Recep Tayyip Erdogan en los últimos 10 años. «No solo hay primaveras árabes», escribe Bernard-Henri Levy. «Hay, habrá, una primavera turca impulsada por ese mismo pueblo de estudiantes, intelectuales, representantes de las profesiones liberales, europeístas, amantes de las ciudades y de la democracia». Y te aferras a la idea de que después de una primavera como ésta solo puede venir un verano mejor al que regresar.

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