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Ecuador y Botsuana: caderas rotas

Yesenia no llegaba a los 30 cuando alguien de la parroquia le advirtió de que una familia estaba interesada en entrevistarla para encomendarle la atención a la abuela. Ella tenía papeles desde hacía unos meses, años después de haber llegado a España desde Ecuador al abrigo de su hermana y su cuñado, que fueron quienes primero dieron el paso. Después consiguieron traer a los hijos del matrimonio, que durante mucho tiempo crecieron bajo el cuidado de sus abuelos y de un hermano al otro lado del charco. “Ya pronto vendrán mis papás”, decía siempre con la sonrisa encendida cuando narraba el trasiego de los suyos.

Yesenia construyó su felicidad en torno a la idea de la reunificación de la familia después de todo el tiempo de oscuridad en el que tuvieron que asumir que el haber ido a la universidad o haber vivido con ciertas comodidades durante un tiempo en su país no les iba a librar de la obligación de emigrar a Europa para empezar desde cero. Todas sus satisfacciones se movían en los borrosos contornos del futuro de prosperidad que le esperaba a sus sobrinos y en el bienestar que en pocos meses podría ofrecer a sus padres en la recta final de sus vidas.

Su hermano le llamó una mañana desde Guayaquil para informarle de que su papá se había caído y se había roto la cadera. “No es tan grave, Yesi, no te angusties”, intentaba tranquilizarle la señora que recibía sus cuidados. Yesenia le sonreía, pero no podía ocultar su frustración. Justo ahora que todo empezaba a salir bien, justo ahora que habían decidido que sus padres viajarían a España en dos meses para volver a ser una familia normal. “¿Pero qué le ha dicho el médico? ¿Podrá andar pronto?”, insistía la señora. Y ella recogía los platos del almuerzo con prisas para irse en cuanto pudiese, rumiando su preocupación.

Cinco días resistió en Guayaquil el papá de Yesenia, con 80 años, con la cadera rota antes de viajar a Madrid en un vuelo regular. Y desde Madrid a Sevilla, donde le esperaban a sus hijas. Desembarcó y llamaron a la ambulancia porque, según dijeron a los servicios sanitarios, su papá se había caído en el aeropuerto. Organizaron todo con diligencia, un plan con todos los movimientos medidos que terminaba en en el Hospital Universitario Virgen Macarena. “Mi papá se tiene que operar aquí, se tiene que operar aquí…”, repetía Yesenia, que conocía a la perfección cada trámite, cada requisito, cada pregunta que podrían hacerle en el hospital para atender a su padre. “Yesi, hija, ¿y si se enteran de que no es de aquí?”, le preguntaba la señora, incapaz de ponerse en la situación de cruzar el Atlántico con la cadera rota. “Que no, señora, que para nosotros los extranjeros lo mejor de España son los hospitales”, respondía sin sombra de duda.

Eso ocurrió en 2003, cuando volar con la cadera rota no tenía ninguna de las connotaciones añadidas tras el accidente del Rey en Botsuana. El operativo activado para el traslado de un rey convaleciente, el avión privado hasta Torrejón, la clínica que le esperaba en Madrid y la ausencia de su familia durante la intervención quirúrgica… El papá de Yesenia recuperó la movilidad, ayudado por el andador, el WC portátil y las muletas heredados de la señora, que falleció al poco de su llegada.

El pasado viernes, el Gobierno anunció una reforma de la Ley de Extranjería para restringir el acceso de los inmigrantes a la sanidad. Según informa El País, quienes estén en situación irregular sólo podrán acceder a las urgencias, la maternidad y los cuidados de los niños, que es la asistencia básica asegurada a cualquier persona.

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