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Desconexión

No eran forasteros normales. Contábamos los días para que llegaran al pueblo los catalanes. El desembarco de los jordis era la confirmación de que el verano iba a alcanzar su plenitud, con su luz intensa, sus algarabía en las calle hasta la madrugada y las colas en los puestos de la plaza de Abastos.

En verano veíamos abiertas las puertas de muchas casas que estaban cerradas durante el año y desplegada toda la artillería de la limpieza que no pudieron hacer para las fiestas, como manda la tradición local. Blanqueaban las fachadas y remozaban, poco a poco, cada año una cosa, las viviendas destartaladas, algunas en ruinas, de las que salieron siendo niños con sus padres o separándose de ellos en su primera juventud, sin estudios ni horizonte claro. Por eso no escatimaban en lejía para limpiar el patio ni en obras de albañilería para dignificar su hogar recuperado, al menos durante las vacaciones. En qué mejor gastar los ahorros, ahora que por fin la cosa iba bien.

Eran la novedad y nuestro tema de conversación favorito. En aquella pandilla efímera de cada verano nos rendíamos seducidos por el acento diferente de esos niños que vivían durante el año en bloques de pisos muy altos, iban en tren de cercanías a Barcelona y hablaban de lugares con nombres tan sugerentes. Cerdanyola, Roses, La Llagosta… “No se dice hospitalé es lahospitalet”.

Los de mis juegos veraniegos son una generación de catalanes con nombres y apellidos íntegramente castellanos a los que oí en agosto pasado desgañitarse en la plaza de nuestra infancia llamando al orden a sus Paus y sus Jaumes. Siguen volviendo en verano gracias a sus padres, a que los abuelos de esos niños que responden en catalán se encargaron de  dejarles una cómoda segunda residencia en el pueblo; por si la historia volvía a darles la espalda y el trabajo escaseara.

Se empezaron a cumplir los peores presagios cuando la crisis azotó al cinturón industrial de Barcelona con la hipoteca a medio pagar y una familia recién creada. “Allí es más difícil que aquí”, me confesaba uno de ellos. Quizá porque compartimos los mejores veranos de nuestras vidas se cuidó mucho de ofenderme y dejó a medias cada cosa que pensaba, pero en su lamento iba implícita la certeza del agravio. No mencionó el PER, pero cada una de sus palabras destilaba cierta condescendencia hacia el arquetipo de ese andaluz que cobra sin trabajar perfectamente construido por una ideología dominante allí donde vive. Sí que habló con soltura del caso de los ERE y de los políticos corruptos de España que nos roban, sobre todo a los catalanes.

El Parlamento de Cataluña ya tiene fechas para los grandes hitos de La Desconexión. A nosotros, habitantes de la misma patria de la infancia, nos desconectaron hace tiempo. Ahora sí que hay que emplearse a fondo para que la casa no se caiga.

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