Sin vacuna

Occidente se revuelve porque en un hospital español ha prendido la epidemia de África, la de la foto de Samuel Aranda en el New York Times y la que lleva meses contando muertos negros a puñados: hijos, primos, padres, amigos de todas las edades y de todas las condiciones. También algunos muertos blancos, solo unos pocos, de esos blancos de condición especial que se la juegan en países pobres y que al fin y al cabo llevan estampado el riesgo en el sello africano de su pasaporte. Pero es hoy cuando Occidente se revuelve y se rasga sus vestiduras ante la evidencia de que el problema ya es suyo y de que esos trajes especiales que parecen espaciales no han conseguido aislarle del gigantesco drama que padecen hace meses miles de seres humanos.

España se revuelve en su propia miseria y contra la fatalidad histórica de que haya sido aquí, aquí que de un tiempo a esta parte se arrastra el complejo de que se es menos Europa que la otra Europa, donde haya anidado el bicho que mata a los pobres de África. La vecina en el ascensor no habla del tiempo sino de «lo del ébola», que por algo ha sacudido de las primeras planas las urnas de Artur Mas, las tarjetas negras y la corrupción nuestra de cada día. Se multiplican las especulaciones sobre los contagios y en cada conversación hay un pseudomédico y otro pseudopolítico para augurar los males por venir a cuenta de la nueva plaga, la misma que antes de infectar a la sanitaria de Alcorcón para desvelo de Occidente entero había matado hasta el pasado 1 de octubre a más de tres mil personas en Guinea, Liberia, Nigeria, Senegal y Sierra Leona.     Casi ocho mil están ya contagiados en África, según el dato de la Organización Mundial de la Salud.

¿Qué sentirían los colaboradores sin pasaporte europeo del padre Miguel Pajares en Monrovia cuando lo vieron salir rumbo al primer mundo para aferrarse a la esperanza de sobrevivir? ¿Cómo se despidieron del sacerdote Manuel García Viejo los condenados a morir en Sierra Leona? ¿Cuántos siguen vivos de todos esos que se quedaron en tierra cuando España intentó salvar a los suyos? ¿Qué sabe Occidente de sus vidas hacinadas en los hospitales insalubres en los que se han echado a morir? ¿Cuánto le preocupa al primer mundo si esas muertes son a causa de un fallo humano o de una mala gestión sanitaria?

La fiebre alta es el principal síntoma del ébola pero, como la contagiada de Alcorcón no superaba en principio el límite marcado por los protocolos, los especialistas que la trataron no advirtieron el virus. Quizá esta epidemia sea síntoma de un mundo enfermo. Otro más. Con diagnóstico, pero parece que sin voluntad para sacar la vacuna.

 

 

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