Archivo mensual: agosto 2012

Agostos

Tú comprabas golosinas y yo había ido a por el periódico. Desde la otra punta del mostrador oí tu acento, pero dudé de que fueses tú. Te miré con disimulo. Durante unos segundos tuve la tentación de no pararme a confirmar mis sospechas, pero me tropecé con tu mirada azul y me sacudió una corriente de alegría. Me sonreíste, con tu sonrisa amplia, limpia y generosa; y corrí a saludarte como un náufrago que reconoce a lo lejos una playa familiar y segura en la que guarecerse.

¿Qué tal? ¿Cuándo llegaste? ¿Hasta cuándo te quedas? ¿Ha venido tu familia? Ya no viene tanta gente en verano, pero se está tranquilo. A ver si nos tomamos algo. Claro. Hasta luego… Fue hace solo unas horas, pero no pongo en pie ninguna de las respuestas a todas esas preguntas, ni si las hice yo o las hiciste tú. Solo tu mirada y tu sonrisa, tu sonrisa y tu mirada: las señas de identidad para reconocerte en un cuerpo desconocido y en un hombre del que no sé casi nada.

Todas las imágenes que se me han venido a la cabeza deben de ser del último verano de las fotos en papel, antes del último otoño de las cartas por correo ordinario. Lo digo porque recuerdo que ese septiembre me llegó un sobre muy gordo en la que se repetían las instantáneas de un grupo de chicas y chicos, exultantes y felices. De fondo resonaban las risas que provocaban casi siempre tus comentarios, el amigo forastero con tres o cuatro años más que el resto, el joven luminoso que acudía a ayudar a las viejas a subir los escalones de la Iglesia y que no permitía que ningún niño se quedase al margen de los juegos.

Eras el líder natural de aquella tribu veraniega. ¿A la Esperanza o al Río Frío? La última palabra era siempre la tuya. ¿Y si tiramos por ese camino que no sabemos a dónde va? Y aunque la cuesta nos pareciese temible, por las piedras, las zarzas y las estrecheces de ese trazado tan sinuoso, nos podía la excitación de seguirte. Eras el mayor –incluso fumabas Ducados delante de tu madre-, hablabas fino y durante el año vivías en una ciudad muy grande en la que habrías aprendido mucho más cosas que cualquiera de nosotros. Nunca nos podría pasar nada porque íbamos contigo.

Nos creíamos invencibles. Nuestra única preocupación era llegar a casa antes de que cortaran el agua para la ducha y a las horas de las comidas para volver a conquistar la calle sin límites ni obligaciones. Las siestas, calurosas y oscuras, se hacían eternas hasta que la costumbre local nos daba permiso para hablar en voz alta y volver a la claridad del campo abierto. Alargábamos el paseo vespertino hasta la despedida del sol, una ceremonia sin ritual en la que comíamos moras recién recolectadas, pipas y gusanitos naranjas en cualquier peñasco, borrachos de rayos de luz roja y de olor a tomillo y estiércol, alimentados por la promesa de que lo mejor podía estar por llegar.

¡Nos quedaba tanto tiempo! La cena en casa iba a ser sólo el preludio de la noche fresca en la carretera de la estación, en la que nos contabas historias de miedo, reconstruíamos a retales las leyendas locales y nos inventábamos nombres inverosímiles para las estrellas. La osa mayor nos vigilaba siempre. ¡Qué convencidos estábamos de que éramos nosotros y nuestras correrías nocturnas la razón de ser de ese carruaje brillante al que nos subíamos para seguir soñando! Éramos el centro de nuestro universo.

Luego las tardes se acortaban y empezaban a faltar algunos miembros de la expedición. Las tormentas de finales del verano alteraban nuestra rutina estival y por las noches teníamos que tirar de calcetines y rebeca. Las nubes jugueteaban con la luna y se nos hacía difícil localizar nuestros planetas preferidos, las constelaciones que justo la semana anterior se habían aliado para iluminar nuestras veladas al raso. La temperatura de esos agostos de frío al rostro y la amenaza de la despedida nos hacían reparar en que el televisor podía ser una fuente de entretenimiento y empezaban a desinflar nuestro ánimo, a envolvernos en un estado de prenostalgia pesada. Echábamos de menos el verano sin haberlo apurado y empezábamos a distanciarnos sin haber actualizado las direcciones que nos dimos el año anterior.

Entonces pasó mucho tiempo sin que volvieras. Se habrá echado novia, era el diagnóstico generalizado. Claro, ya no tenías edad de cazar cuerpos celestes con una panda de adolescentes, pensaba yo; que también crecí y también acortaba más mis estancias veraniegas en nuestro paraíso y cada vez las distanciaba más y por supuesto que perdí todos los papeles arrugados en los que guardaba las señas del último verano en el que estabas.

Muchos años después, me pareció verte atrapado en el cuerpo de un treintañero que empujaba el carrito de un bebé al lado de una esposa que comía helado. Me costó saber que eras tú porque estabas lejos y di por hecho que tú no te ibas a acordar de mí, una más de aquella pandilla efervescente que se disolvía con el frío. Así que seguí mi camino, sin saber que te habías dado cuenta y de que en el siguiente encontronazo no me ibas a dejar escapar. Me miraste y me sonreíste. ¿Te acuerdas de mí? Claro. Ayer no me saludaste. Es que pensé que no me recordarías. Y me volviste a sonreír, con tu sonrisa plácida y ancha antes de que evocar juntos los mejores agostos de nuestras vidas.

Por eso hoy, que me has vuelto a mirar y a sonreír, me ha abrazado fuerte a tu sonrisa a pesar de que solo te haya dado dos besos en la mejilla y de que no sepa muy bien a qué te dedicas, si tienes más hijos o si hay algo que te preocupa en la vida. Pero me ha aferrado a la seguridad de que detrás de tu sonrisa estabas tú y de que en ti están las emociones y las ilusiones que compartimos en este mismo lugar cuando éramos casi niños. Alguien dijo que la patria es la infancia.

[Publicado en lacarreter@blogspot.com en agosto de 2010]

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