Porta’m al ball

15 de julio. Porrera

Esta noche hay musclada popular en el patio del colegio. Han dispuesto varias hileras de mesas y, a razón de 15 euros por cabeza, hay sangría, mejillones y fideuá para todos. El verano ya es una certeza luminosa en el Priorat. A esta hora, los niños, con la brisa de la anochecida, corretean desperdigados de la plaza al patio del colegio y del patio colegio a la plaza. Distraídos, los padres comen, beben y charlan. “Verás cuando empiece el baile”. Han extendido una bandera oficial de Cataluña en el gimnasio, varios metros de barras amarillas y rojas que dominan el espacio por el que hay que pasar de camino al baño antes de que suene la música.

Hay muchas puertas cerradas en este pequeño pueblo de casas abigarradas y también muchos balcones de los que sí que cuelgan esteladas. La estrella brilla desde lejos sobre el ocre de las fachadas que, en algunos casos, pocos, todavía dan cuenta de un pasado de bonanza. Quedan restos gastados de policromía y estucos de otro tiempo. Frisos, balaustradas y cornisas de hace más de un siglo. Un viejo reloj de sol da la hora en mitad de una cuesta.

Cuando sirven el café, el DJ empieza a tomar posiciones. “Verás mi madre bailando”. En la barra ya se pueden pedir copas y han bajado la intensidad de la luz. El alcalde no se ha movido del sitio, con buenas vistas, que ocupó antes de que el pimentón y alioli lo impregnaran todo. Nadie lo saca a bailar pero sonríe complacido a los vecinos que se retiran a casa con la tripa llena (riquísima y abundante la fideuá) y a quienes se lanzan a la pista improvisada con los primeros compases. “Pero qué marcha tiene tu madre”. La señora y sus amigas lo bailan todo. Miguelito que es feliz en la montaña y que hace mucho tiempo que no sale, Sin Documentos y Labios de Fresa Sabor de Amor. Clásicos. No suena ni una canción en catalán. Ni siquiera, aunque fuera por cumplir, una de Lluis Llach, el vecino ilustre que le canta al viejo Café Antic. En el zaguán de este lugar casi de culto para los lugareños, hay un corcho en el que anuncian un concierto de los Manel en Falset, el pueblo grande de ahí al lado. Será dentro de unos días así que me los voy a perder. Me da rabia, pero echamos un buen rato en la musclada. En esto que llaman Cataluña profunda, amenizan las fiestas como en mi pueblo, que dicen que es Andalucía profunda.

8 de Septiembre. Madrid

Son las fiestas de la Melonera en Matadero. No tenía pensado venir. Había planeado el epílogo del verano en el pueblo, el mío, que hay verbena este fin de semana. No somos nada originales: la cosa también va de melones: les lanzan navajas afiladas a uno, redondo y solitario, que colocan a pies de la verja de la ermita. Tiene más puntería en el pinche quien bebe menos ponche, que es el brebaje oficial para esta fecha señalada. Se mantiene la tradición, cada vez hay más jóvenes interesados en practicar, pero hoy no me he atrevido a dejar Madrid. Nadie la ha decretado, pero desde hace dos días estamos en alerta por secesión. “Y si me voy y se lía. No me voy”. Y aquí estoy. No se ha liado más. La denominada ley de transitoriedad la aprobó el Parlament la madrugada anterior así que me apunto al plan de Matadero, que toca Manel y esta vez no me los pierdo.

“La realidad también es esto”, le comento a un veterano corresponsal catalán que ha venido a verlos. He tuiteado una foto en la que cientos de manos aplauden un improvisado castell que han hecho entre el público mientras los músicos lo dan todo. Cantan ellos en catalán y cantamos nosotros, que tampoco es tan difícil. Hay una enorme pancarta a los pies del escenario en la que se lee “no es no”, pero nada tiene que ver con Pedro Sánchez. Es una campaña contra los abusos sexuales. La política, en principio, no está convocada a esta cita musical pero es imposible no pensar en la política, desencadenados como están el procés y el contraprocés. Desde el miércoles, parpadean las luces rojas del Estado. La luna amarilla ilumina la fiesta castiza y los bocatas de chorizo y de lomo churruscado matan el hambre de las gargantas que a esta hora hacen gorgoritos en Arganzuela, a la orilla del Manzanares, en la lengua de Lluis Companys. “Ai, Dolors, porta’m al ball”. Móviles al viento que hay que grabarla que ésta nos la sabemos. “Sí, en Madrid hemos tocado otras veces y en Sevilla, también, en el Teatro Central. Pero que tenemos tres discos más, ¡no te puedes saber sólo Ai, Dolors!” Y una, que se sabe pillada en falta, va y replica que en realidad las entiende casi todas. “Un, dos, tres, chachachá”, se confiesa para sus adentros, sigue siendo lo que mejor le sale de todas las letras.

11 de septiembre. Mambo en Itaca

Es festiva la tarde en Barcelona. El amarillo fluorescente de las miles de camisetas imprime energía a la marcha del sí. Els Amics de les Arts, que han tenido gira por toda la Costa Brava en verano, toca hoy junto al Orfeó Catalá para la multitud soberanista. Les encandila la historia de ese chico que se largó sin decir nada y que, años después, escribe a sus padres para dar señales de vida y explicarles que anhela ciertas cosas y que a su niña, ya de tres años, le ha enseñado algo de catalán. Si quieren verle, que vayan. “Que l’avisem amb temps però que té llits de sobres”. Hay camas para todos en la Itaca que ha alcanzado el aventurero que, dicho sea de paso, reconoce que eso de desaparecer sin avisar “es marcharse con poco estilo”. Con el tiempo “tot s’anirà posant a lloc”, todo se irá poniendo en su sitio, entonan Els Amics para deleite de la masa emocionada. Hay quien con el nudo en la garganta duda de que pueda dar cuenta del último bocata que ha reservado para este largo día de movilización.

Lo que no ha trascendido es si el presidente Rajoy ha asentido al oír al grupo recitar ante cientos de miles de almas su salmodia de que el tiempo todo lo cura. Habrá que preguntar, pero en las grandes avenidas de este 11-S hay espíritu de más pronto que tarde. El camino ya está hecho. Ése es el mensaje de la campaña de la CUP para el 1-O, una suerte de western a la catalana: paisaje polvoriento de fondo, una furgoneta desventrada que no tira (el procés) y unos desconcertados ciudadanos que la empujan sin llegar a ningún sitio. “Esto no es Itaca”, constatan exhaustos. Se miran los unos a los otros y terminan por lanzar la tartana por el precipicio. Literalmente, a tomar viento. Ara comença el mambo”, proclaman. Y el pueblo empieza a bailar en lo alto de la cumbre.

Y me da por pensar que yo también quiero bailar. Que quiero que me saquen. Porta’m al ball. Quiero que hablemos cuanto antes sobre el repertorio, que elijamos los temas e intentemos pisarnos lo menos posible. Hay canciones que nos sabemos de sobra. “Votaremos, votaremos”, grita la calle en la gran manifestación. Votar no puede seguir siendo un desafío si, en democracia, es un derecho de todos.

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Desconexión

No eran forasteros normales. Contábamos los días para que llegaran al pueblo los catalanes. El desembarco de los jordis era la confirmación de que el verano iba a alcanzar su plenitud, con su luz intensa, sus algarabía en las calle hasta la madrugada y las colas en los puestos de la plaza de Abastos.

En verano veíamos abiertas las puertas de muchas casas que estaban cerradas durante el año y desplegada toda la artillería de la limpieza que no pudieron hacer para las fiestas, como manda la tradición local. Blanqueaban las fachadas y remozaban, poco a poco, cada año una cosa, las viviendas destartaladas, algunas en ruinas, de las que salieron siendo niños con sus padres o separándose de ellos en su primera juventud, sin estudios ni horizonte claro. Por eso no escatimaban en lejía para limpiar el patio ni en obras de albañilería para dignificar su hogar recuperado, al menos durante las vacaciones. En qué mejor gastar los ahorros, ahora que por fin la cosa iba bien.

Eran la novedad y nuestro tema de conversación favorito. En aquella pandilla efímera de cada verano nos rendíamos seducidos por el acento diferente de esos niños que vivían durante el año en bloques de pisos muy altos, iban en tren de cercanías a Barcelona y hablaban de lugares con nombres tan sugerentes. Cerdanyola, Roses, La Llagosta… “No se dice hospitalé es lahospitalet”.

Los de mis juegos veraniegos son una generación de catalanes con nombres y apellidos íntegramente castellanos a los que oí en agosto pasado desgañitarse en la plaza de nuestra infancia llamando al orden a sus Paus y sus Jaumes. Siguen volviendo en verano gracias a sus padres, a que los abuelos de esos niños que responden en catalán se encargaron de  dejarles una cómoda segunda residencia en el pueblo; por si la historia volvía a darles la espalda y el trabajo escaseara.

Se empezaron a cumplir los peores presagios cuando la crisis azotó al cinturón industrial de Barcelona con la hipoteca a medio pagar y una familia recién creada. “Allí es más difícil que aquí”, me confesaba uno de ellos. Quizá porque compartimos los mejores veranos de nuestras vidas se cuidó mucho de ofenderme y dejó a medias cada cosa que pensaba, pero en su lamento iba implícita la certeza del agravio. No mencionó el PER, pero cada una de sus palabras destilaba cierta condescendencia hacia el arquetipo de ese andaluz que cobra sin trabajar perfectamente construido por una ideología dominante allí donde vive. Sí que habló con soltura del caso de los ERE y de los políticos corruptos de España que nos roban, sobre todo a los catalanes.

El Parlamento de Cataluña ya tiene fechas para los grandes hitos de La Desconexión. A nosotros, habitantes de la misma patria de la infancia, nos desconectaron hace tiempo. Ahora sí que hay que emplearse a fondo para que la casa no se caiga.

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Cuando Sevilla ‘sevillanea’

Cuando crees que tienes las claves, Sevilla sevillanea y te vuelve a sorprender. Después de varios días en la ciudad he podido comprobar (a ojo, nada demoscópico, aunque no está la demoscopia para dar demasiadas lecciones) que hay una corriente mayoritaria de opinión contraria a que se amplíe la duración de la Feria de Abril, que este año será en mayo.

¿Es la venganza de los sevillanos saboríos (que los hay)? NO. ¿La de los vecinos hartos de molestias (que los hay)? NO. ¿La de hippies, radicales, filopodemitas que no votan a la CUP y a Bildu porque no pueden? NO. Resulta que los principales críticos con la idea de que el primer fin de semana sea ya Feria oficial son los mismos que desde hace años colapsan el Real cuando todavía no hay plan especial de transporte ni caseta de niños perdidos ni alumbrado. Cuando la luz y el agua llega ya a las casetas solo para facilitar el montaje y el Ayuntamiento, ante la avalancha repetida año tras año, se ve obligado a multiplicar los efectivos de seguridad.

El NO (a ojo, ya digo) es mayoría entre los que en realidad han propiciado que se abra este debate porque temen, eso he creído entender, quedarse sin la deliciosa sensación de que la Feria solo es de ellos en esos días en los que todavía la fiesta no está declarada y, por tanto, les sabe a privilegio, a pequeño lujo de una incomparable sevillanía.

Quizá por eso Sevilla me sigue pareciendo maravillosa: porque no hay quien termine nunca de entenderla. Como nos pongamos estupendos, esta semana de votaciones sobre la duración de la Feria puede derivar en las más alambicadas teorías antropológicas y puede pasar que nuestra identidad colectiva corra peligro si de las urnas sale un resultado que cuestione la tradición de comer pescado en el Real los lunes, justo el día que no llega pescado fresco a la contradictoria ciudad del pescaíto. Que la costumbre es ésa por poco sentido que tenga. Que hay rincones de las esencias que la razón no alcanza.

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El otoño como una amenaza

Me puse la mar de mona (dentro de mis posibilidades, se entiende). Saqué mis pieles falsas y me atreví con la falda de cuero. Allí estuve taconeando del hemiciclo a la cabina todo el día, que tampoco era jornada para ir plana. No fui la única de tiros largos. Juanma se enceró la cresta y Ketty brillaba, que iba de azabache y plata. A Bárbara no le cabía el collar en el pecho y el flequillo de Laura rozó la perfección en el alisado. Ese día, Usua lució los labios más rojos de la temporada y a nuestras amigas tertulianas les echaron cemento armado en la cara, que tocaba soportar la luz histórica de esos focos históricos de esa sesión histórica. Nunca antes había vivido el Congreso ni ninguno de los presentes una investidura así, tan fallida. Falsa, como mi falda, que tengo que confesar que solo es de plástico bueno.

Cómo olvidar aquellos primeros días de marzo. Era nuestra función de fin de curso. No había papás aplaudiendo, pero estaban allí todos los jefes, que son los que realmente te pueden dejar sin paga. Habíamos estado trabajando dos meses por y para España, de día y de noche, desayunando el café de la máquina de la derecha y merendando todos los dulces de la máquina de la izquierda (también había salado para el aperitivo). Habíamos atravesado decenas de veces el túnel de la gobernabilidad, el que nos conducía a nuestras ojeras y a nosotras por debajo de la Carrera de San Jerónimo a la sala donde se cocían las negociaciones y las no negociaciones para alcanzar un acuerdo a tres que parecía una quimera pero, ay, si lo alcanzan.

Cuando nos aburríamos de nuestros propios argumentos, cuando el cansancio pesaba y el entendimiento empezaba a flaquear, a veces (pocas, pero algunas veces) veíamos como una posibilidad remota a la que asirnos la fantasía de que aquello tenía una final y que nuestros ojos verían una investidura de las de verdad, con presidente del gobierno y ministros y ministras antes de los títulos de crédito.

Hicimos decenas de apuestas contradictorias que perdimos y jamás pagamos y juramos en arameo que no íbamos a subirnos a ningún autobús de ningún partido si se producía la anomalía histórica de repetir elecciones. Yo no voy. Ni yo tampoco. Otra vez no. Ni yo. Y nos tragamos todos nuestros noes y nuestro agotamiento mental y nuestra depresión postnegociación y nos fuimos de nuevo de caravana y nos hicimos fotos cada día con un vestido de flores diferente y con ojeras recriadas sobre los surcos que labramos a conciencia en diciembre y que, a la altura de junio, angelitas nosotras, pensábamos que habían llegado a lo más hondo y lo más negro de lo posible. Lo que nos reíamos cuando a alguien se le nublaba el ánimo y presagiaba que enero y febrero volverían en julio y agosto. Qué poco olfato, mujer, anda ya. Ya no se van a permitir ese lujo. Irá todo más rápido. En semanas lo resuelven, antes del verano, para que a la gente se le olvide todo con la gosadera y las Olimpiadas. Sonríe, que te voy a tuitear, y dame fuego, que en este polideportivo nos dejaron fumar en la anterior campaña. Venga, tonta, pilla una cerveza aunque sea sin, que echaremos de menos hacer historia cuando regresen el tedio, la rutina y la dieta.

Ay. Es 10 de agosto. Antes de partir he hecho un álbum con los mejores momentos de la ingobernabilidad, la de invierno y la de verano. Una parecer frívola, pero tiene su corazoncito. Ay. Mariano Rajoy ha llegado sin corbata a la reunión con Albert Rivera como si fuera Pedro Sánchez en los Goya y anoche caí en la cuenta de que había estado todo el día en el Congreso con un mono playero. Ay. Es que se han roto ya todos los moldes y, sorprendentemente, seguimos teniendo paciencia. Armario tendremos que renovar, que tanto exhibicionismo se paga y foto publicada es ropa amortizada. Lo aprendimos con la corbata roja de las grandes ocasiones de Sánchez. La de su investidura fallida. La de mis pieles falsas. Ay. Es 10 de agosto y ha dicho Mariano Rajoy que hasta el 17 no decide si le pone fecha a la investidura, la nueva que no tiene por qué ser la buena porque ha explicado que, sin el PSOE, nos vamos a las terceras elecciones. Ay. Este frío de agosto en los huesos, como si fuera otra vez febrero, y el otoño ahí, a la vuelta, como una amenaza. Continuará.

 

 

 

 

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Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo en el que Izquierda Unida permitía que los periodistas camparan a sus anchas en las reuniones de sus máximos órganos entre asambleas y que los periódicos se permitían ese lujo hoy inaccesible de que un redactor se pasara la tarde entera en esas sesiones eternas (izquierda reunida, la llamaban), asumido el riesgo de que a veces no había titular que llevarse a la boca. En ese tiempo el periodista iba a allí a pulsar el ambiente, a llenar su agenda de teléfonos y a descifrar alianzas en los cruces de miradas y en los corrillos del bar de la esquina, a la vuelta de la calle Teodosio.

Cuentan que en muchas de esas reuniones, allí en un rincón, se pasaba las horas calladita una joven recién salida de becaria que no quería que la localizasen los camaradas porque, según le había dicho su jefe, hablaban con más libertad cuando pensaban que no había prensa. Camino del sitio presidencial del cónclave, que estaba en un nivel superior al del resto de asistentes, avanzaba una mujer rubia con mil papeles desordenadas entre las manos, el bolso entreabierto y la sonrisa puesta. A algunos los abrazaba y besaba de forma sonora y a otros los desafiaba con su indiferencia. Desparramadas sus cosas en la mesa, solo ella rodeada de hombres, comenzaban a sucederse las palabras. A unos les apelaba cómplice y cálida desde la altura, a otros les escuchaba circunspecta, tomando notas y preparando la réplica que casi siempre introducía con una frase que hacía presagiar una ráfaga de disparos a dar: “Menganito, con todo el cariño…”.

Desde el rincón a ras de suelo, la redactora en ciernes observaba entusiasmada aquellos debates intensos y apasionados. Horas de diatribas sobre las maldiciones bíblicas de la izquierda, sobre la relación del PCA con el resto de minorías, sobre los peligros de los aparatos y sobre las últimas notas del bolero en el que se había convertido la relación con el PSOE, marcada todavía a finales de los 90 por el trauma de la pinza de PP e IU en el bienio 1994-1996. Luego votaban a mano alzada y la observadora alcanzaba a comprender que los destinatarios del verbo cáustico de la señora rubia se expresaban en bloque y en sentido contrario que los que recibían la sonrisa cálida, por muy dispersos que estuvieran en la sala. Con el tiempo y alguna que otra conversación con los protagonistas de aquellas secuencias, logró hasta identificar por los gestos previos cómo iba a fluctuar el voto en la jornada.

Oteando la jugada orgánica desde la altura, la mujer rubia tenía localizada a la periodista en todo momento. Al final se acercaba a ella solícita, dispuesta a responder a todo y también a olfatear el sentido de la crónica del día siguiente e intentar salpimentarla a su gusto, como está escrito en cualquier manual de intoxicación política que se precie. Y luego la veía en el Parlamento y se paraba a saludarla un día y al día siguiente atendía a sus preguntas con absoluta diligencia y al otro se empeñaba en explicarle con un café lo de la liquidación de la financiación autonómica que había contado en la Comisión de Hacienda y al siguiente a desbrozar el Presupuesto de la Junta en la mesa de su despacho. Se cuestionaba muchas cosas en esa mesa de trabajo porque daba pocas por hecho en la tarea parlamentaria. Quizá por timidez, la periodista la molestaba por teléfono menos de lo que ella estaba siempre dispuesta a atender, incluso cuando en esa mañana se hubiese encontrado con un titular de los que no le gustaban, sobre todo los que ponían en evidencia las incoherencias en las que a veces caía en su organización para lograr los necesarios equilibrios internos.

Pero ese tiempo pasó hace muchos años. La comunista rubia libró una batalla interna que perdió por la mínima y que terminó por sacarla de la vida parlamentaria en el momento en el que más brillaba, después de haber defendido de verde en el Congreso el Estatuto de Autonomía en nombre de Andalucía y de haber sido la voz de la oposición firme, razonada y bien hablada en los plenos del Hospital de la Cinco Llagas. “Con todo el cariño, Sr. Chaves, usted…”.

Pasó el tiempo también en el que los periódicos podían destinar a un redactor a empotrarse en el día a día de los partidos minoritarios. No había ni tiempo ni papel para explicar con la hondura suficiente la voladura del proyecto de la Izquierda Unida de 1986, la expulsión o abandono por descreimiento de las voces más abiertas e integradoras, la purga de críticos y el desarrollo de lo que con vocación trascendente alguien bautizó como la salida del Partido Comunista de la segunda clandestinidad a la que habían estado sometidas las siglas históricas con el nacimiento de IU, según la interpretación que hacían los impulsores de la gesta.

Cambió el terreno de juego, cambiaron los registros y por supuesto las relaciones. Una vez, fuera ya de la política la ex parlamentaria rubia y ajena ya a los líos de IU la periodista, ésta se atrevió vergonzosa a decirle algo que nunca había referido por pudor: “Desde que tengo derecho, siempre te he votado a ti y ahora no sé qué voy a hacer”. Y ella se rió muchísimo. Luego le dio un achuchón y la miró con ternura, consciente como era de que la joven observadora había tumbado la barrera autoimpuesta durante años en el intento de ser lo más honesta posible en su profesión. Consciente también de que se inauguraba un tiempo nuevo entre ambas.

El mejor. El que marcó un punto de inflexión en mi vida con un pollo al horno de por medio en Palomares. El que me descubrió a una persona protectora y cariñosa, amante de su familia, de su legión de amigos de todas las edades, de sus alumnos, de sus animales, de la música americana y de la lectura. El tiempo en el que observé con admiración cómo se convertía en una articulista brillante y en el que recibí su sonrisa y su apoyo incondicional en forma de tuits escritos en la atalaya virtual desde la que sentía complacida que seguía vigilándome.

Porque hablaba de mí, Concha Caballero. Porque siempre hablaré de ti.

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Leon XIII, laboratorio de la crisis

la foto

Sevilla. Número 1 de la calle León XIII. No queda rastro del cajero automático ni de la publicidad sobre los tipos de interés que durante años cautivaban a los viandantes, esos enormes carteles con el color corporativo albiceleste del banco inglés que ocupó el local en la España que se evaporó. Durante meses ha sido una fachada destartalada a la que llegaba por error algún cliente despistado. Tropezaba inevitablemente con la papelera, la única superviviente de aquel pasado no tan lejano. Ahí sigue hoy, destartalada pero ahí, debajo del enorme cartel de letras de palo que colgaron el pasado viernes sus nuevos inquilinos antes de coger el AVE para Madrid y empezar a poner negro sobre blanco sus prioridades políticas. Podemos ya tiene sede en Sevilla y está en el número 1 de León XIII.

Sobra decir que León XIII era el nombre de un Papa pero, para los sevillanos, es sobre todo el de una conocida calle que enlaza en sentido único la ronda que abraza el casco histórico con las barriadas más populosas del distrito Macarena. Allí donde empieza a morir el trazado de León XIII, cerca ya de la rotonda que reparte caminos hacia el Norte, por un lado, y abre la ciudad al río, por el otro, se escribió la historia más trágica de la vida contemperánea de la calle con el asesinato de la joven Marta del Castillo.

En esas jornadas horribles de la reconstrucción de los hechos, León XIII estuvo en todos los titulares y sus vecinos esquivaban como podían a las cámaras mientras compaginaban el estupor con su vida diaria. Las compras en la frutería, los recados en la tintorería y en la tienda de fotos, el repaso al escaparate de la joyería de toda la vida, al de los modernos complementos de la joyería nueva y a las muchas zapaterías que jalonaban la concurrida calzada de una arteria de barrio con vida y finanzas propias. Tanta que cada dos números había una entidad con sus cajeros abiertos de par en par y largas colas en todas las franjas horarias de apertura al público. Coincidiendo con aquel indeseado protagonismo de León XIII, antes de que nadie en la zona hubiese oído hablar de las hipotecas subprime, llegó a haber negocio a la vez para tres bancos (uno cántabro, otro vasco y el inglés) y siete sucursales de cajas de ahorros de las de entonces (cuatro andaluzas y dos foráneas), cada una con su logotipo, su color corporativo y sus fotos de familias sonrientes colgando detrás de las robustas cristaleras que trasladaban la idea de que los ahorros del vecindario estaban blindados frente a los amigos de lo ajeno.

Había clientes para todos, pero el banco inglés daba un punto de distinción a los suyos. Sus empleados, todos con acento de sevillanos de bien y con una afabilidad a prueba de impagos, hacían sentir a sus recién hipotecados como pertenecientes a un club de gente selecta, elegidos con su criterio superior de banco extranjero para beneficiarse de esas condiciones tan ventajosas que no podría encontrar en la acera de enfrente ni dos números más allá ni tres ni cuatro (así hasta diez entidades financieras en un trayecto de menos de un kilómetro).

La competencia era agresiva. Las hubo que entraron un día con cierto complejo de precaria recién contratada a informarse sobre los créditos y salieron dando gracias a todas las deidades de la City por volver a casa con una hipoteca colocada para los siguientes 30 años, un seguro de hogar calculado para bienes muebles propios de un palacete en Kensington y otra póliza de vida que era voluntaria salvo que, al no contratarla, se quisiera levantar la sospecha de los jefes territoriales y correr el riesgo de perder las idílicas condiciones crediticias. Cómo decir que no, pensó, con su pírrica nómina en mano, aquella tierna prehipotecada mientras a sus cándidos oídos llegaban aduladores comentarios sobre la brillante carrera de éxitos económicos que le quedaban por delante y en la que ellos, asesores financieros de su operación, confiaban ciegamente. Tanto que casi no miraron la nómina.

Años después, cuenta la hipotecada, una mañana se acercó a la sucursal a mirar si le habían ingresado la prestación por desempleo y se encontró con el único recibimiento de una papelera destartalada. El banco inglés había desalojado León XIII, mucho después, todo hay que decirlo, que el vasco y que las cajas fusionadas primero y vendidas después hubiesen dejado una presencia testimonial en la esquina más cercana a la ronda histórica. En la espesura del barrio no quedó ni un cajero y el nuevo paisaje urbano se cosmopolitizó por mor de los muchos establecimientos regentados por chinos, uno delante de otro, otro frente al uno, que se sonríen de acera a acera sin caer en la trampa de la rivalidad bancaria de antaño.

Se fue el joyero de siempre, emigró la joyera nueva, cerró la espléndida tienda de fotos y persisten muchas zapaterías pero solo hay un negocio que prospera de verdad en la calle desde que Lehman Brothers se hundió: el zapatero remendón. La crisis le ha permitido salir del lúgubre local donde inició su oficio y hoy trabaja en una esquina luminosa de amplios ventanales. En el escaparate donde  ayer colgaban zarcillos a 60 euros para ser la más guapa de la Feria, se amontonan ahora cientos de pares de zapatos sin suela, bolsos de piel desventrados y tacones pidiendo una tapa a gritos.

El zapatero prodigioso sonreía mientras acumulaba encargos a la hora en que la prensa volvía a León XIII a certificar que es allí, en el número 1 de la popular calle, en el edificio colonizado en tiempos de bonanza por el banco inglés, donde Podemos ha abierto su primera oficina en Sevilla. Allí, a pocos metros del negocio crecido en el caldo de la crisis, ha abierto su laboratorio político la única organización que capitaliza a día de hoy el descontento ciudadano y que desde este fin de semana se ha propuesto conquistar la “centralidad” en España. El centro de Sevilla le queda a unos 15 minutos.

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Sin vacuna

Occidente se revuelve porque en un hospital español ha prendido la epidemia de África, la de la foto de Samuel Aranda en el New York Times y la que lleva meses contando muertos negros a puñados: hijos, primos, padres, amigos de todas las edades y de todas las condiciones. También algunos muertos blancos, solo unos pocos, de esos blancos de condición especial que se la juegan en países pobres y que al fin y al cabo llevan estampado el riesgo en el sello africano de su pasaporte. Pero es hoy cuando Occidente se revuelve y se rasga sus vestiduras ante la evidencia de que el problema ya es suyo y de que esos trajes especiales que parecen espaciales no han conseguido aislarle del gigantesco drama que padecen hace meses miles de seres humanos.

España se revuelve en su propia miseria y contra la fatalidad histórica de que haya sido aquí, aquí que de un tiempo a esta parte se arrastra el complejo de que se es menos Europa que la otra Europa, donde haya anidado el bicho que mata a los pobres de África. La vecina en el ascensor no habla del tiempo sino de “lo del ébola”, que por algo ha sacudido de las primeras planas las urnas de Artur Mas, las tarjetas negras y la corrupción nuestra de cada día. Se multiplican las especulaciones sobre los contagios y en cada conversación hay un pseudomédico y otro pseudopolítico para augurar los males por venir a cuenta de la nueva plaga, la misma que antes de infectar a la sanitaria de Alcorcón para desvelo de Occidente entero había matado hasta el pasado 1 de octubre a más de tres mil personas en Guinea, Liberia, Nigeria, Senegal y Sierra Leona.     Casi ocho mil están ya contagiados en África, según el dato de la Organización Mundial de la Salud.

¿Qué sentirían los colaboradores sin pasaporte europeo del padre Miguel Pajares en Monrovia cuando lo vieron salir rumbo al primer mundo para aferrarse a la esperanza de sobrevivir? ¿Cómo se despidieron del sacerdote Manuel García Viejo los condenados a morir en Sierra Leona? ¿Cuántos siguen vivos de todos esos que se quedaron en tierra cuando España intentó salvar a los suyos? ¿Qué sabe Occidente de sus vidas hacinadas en los hospitales insalubres en los que se han echado a morir? ¿Cuánto le preocupa al primer mundo si esas muertes son a causa de un fallo humano o de una mala gestión sanitaria?

La fiebre alta es el principal síntoma del ébola pero, como la contagiada de Alcorcón no superaba en principio el límite marcado por los protocolos, los especialistas que la trataron no advirtieron el virus. Quizá esta epidemia sea síntoma de un mundo enfermo. Otro más. Con diagnóstico, pero parece que sin voluntad para sacar la vacuna.

 

 

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